sábado, 19 de marzo de 2011

Urbanidad y el día de la marmota zumbada

Soy consciente de que el 95% de la gente nunca entenderá la dureza de mi trabajo. No digo con esto que sea más o menos duro que otros, que cada cual tiene lo suyo y yo me dedico a esto porque quiero. Pero muchas personas piensan que lo mío es un regalo del cielo, que no estoy con el pico en una mina y que tengo muchas vacaciones. Hace dos días salí del instituto como si me hubiesen zarandeado y golpeado todo el cuerpo.

Este jueves pasado, acabé mis clases a las dos y media. Seis horas de clase  (entre primeros y segundos de ESO) y la media hora del recreo esperando a unos padres con los que había concertado una entrevista y que me saltaron a la torera y  aprovecharon que pasaba por allí el Jefe de Estudios para hablar de su problema con él sin decirme ni mu. Por supuesto, no he recibido ninguna llamada por parte de estos padres para aclararme el porqué del plantón. Estas dos últimas semanas han sido tres los padres que han concertado cita conmigo por la tarde y no se han presentado. No han llamado para cancelar la cita ni me han presentado ningún tipo de excusas por no haber acudido. Y luego, nos quejamos de los niños.

El caso es que mientras iba conduciendo de vuelta a casa, noté que no iba demasiado recta por la carretera. Me dolía el cuello y, es más, empecé a escuchar un zumbido extraño que atribuí a alguna interferencia con la radio. Le quité el volumen al equipo y resultó que el zumbido persistía. Dentro de mi cabeza. Y me acordé especialmente de la clase que había tenido a sexta hora: llego a clase y les pido que ordenen las mesas ya que las han empujado y puesto como les ha dado la gana en los escasos tres minutos que han tenido desde el final de la clase anterior. Cuando han terminado de colocarlas, ya he perdido diez minutos de clase y he tenido que mediar en tres o cuatro discusiones acerca de dónde se sentaba cada uno (cuando tienen una plantilla y un orden de clase ya estipulado por la tutora). Les digo que se sienten según ese esquema. Otro rato perdido. Mientras la mayoría va colocándose en su sitio (a grito pelao), tengo a cuatro alumnos en mi mesa hablándome al mismo tiempo de diversos temas: qué nota les voy a poner (la semana que viene son las evaluaciones), sustracciones varias, otro preguntándome si quiero una estampita del patrón del pueblo y dos más poniéndome excusas por no haber hecho la tarea que toca. Les pido que se sienten y que luego me pregunten por turno. Ni caso. No sé si lo habéis experimentado alguna vez, pero que cinco personas a la vez reclamen tu atención a grito pelao mientras tienes de fondo el ruido de las mesas y las sillas arrastrándose por toda la clase, provoca un cortocircuito mental considerable. Eso es solo el principio: no respetan el turno de palabra, se interrumpen, se insultan, se meten en problemas que ni les van ni les vienen... Y todos los días se te va la hora y, con suerte, has podido explicar algo de tu materia. El resto de la hora lo has pasado recordándoles cosas muy básicas, todas relacionadas con algo que muchos de ellos no conocen: el respeto. Hacia los demás y hacia uno mismo, por supuesto.

Lo peor es que no estamos a principios de curso. Lo peor es que todos los días tengo que recordarles las mismas tres o cuatro reglas. No hablo de reglas de acentuación o de presentación de textos (que también), sino de reglas de educación y comportamiento elementales, lo que antes se conocía por urbanidad. Lo peor es que siguen haciendo lo mismo todos los días. Lo peor es que una sale con la sensación de que nada de lo que hace sirve para algo. Y así, todos los días.