jueves, 2 de agosto de 2007

Chapa y pintura

Hay que ver que voy diciendo por ahí que voy a contar determinadas cosas y luego, se me olvida. Hace unos días, leí en el blog de Tanhäuser una experiencia que tuvo él en la peluquería (echadle un vistazo, porque es muy bueno), y caí en la cuenta de que no he contado nada del acontecimiento del año, por lo menos en mi familia: la boda de mi hermano.

Justo cuando mi blog cumplía un añito, mi hermano daba el sí quiero. O eso creo, porque no me enteré de nada (y eso que estaba en segunda fila). Pero vamos a contar las cosas desde el principio. Ya os comenté que estaba un poco estresada porque no había encontrado los zapatos que necesitaba. Al final, el día de la boda lo tenía todo, menos dos cosas:

a)Ganas de ir a la boda (por razones que no vienen al caso).
b)El trabajito de chapa y pintura necesario para estos eventos (en mi caso, no es necesario... Es vital).

Reunidas las primeras, me fui con mi cuñada (la que se casaba no, la otra que tengo) a buscar peluquería. El mismo día de la boda. Que luego la gente va y me dice que si estoy loca, que cómo no pido cita... Supongo que como sólo paso por estas cosas bajo amenaza de tortura, no se cómo funciona todo. El caso es que tuvimos suerte (o eso creí yo) y encontramos una en la que nos podían atender.
Ahora es cuando aprovecho para quejarme de lo mal repartido que está el mundo. Mi cuñada es guapísima y tiene un pedazo de melena preciosa. Vamos, que con cualquier cosita que le hagan, queda genial. Pero una... Lo de la menda es distinto. Conociéndome como me conozco, no sé cómo no voy a los sitios (y más a una peluquería el día de la boda de mi hermano) con un manual de instrucciones y con las ideas muy, muy claritas.

Pues me siento, me quito mis gafas (ya me queda poco, el mes que viene me opero, jaja) y la peluquera (perdón, estilista) me hace LA PREGUNTA: "Bueno, ¿y tú qué tienes pensado?". Resulta curioso que con la cantidad de respuestas que tengo para todo (según mi madre), es hacerme esa pregunta y desciendo al nivel Gump, Forest Gump. Abro mucho los ojos, ladeo la cabeza ligeramente hacia la derecha, aprieto los labios y encojo los hombros mientras un sentimiento de culpabilidad infinita me invade por ser tan torpe y pasar tantísimo de mi aspecto físico, hasta tal punto, que me la chufla el peinado. Justo antes de empezar a hacer pompitas con mis babas, logro balbucear:

-Pues... No sé.

En mi defensa, diré que tengo el pelo en ese asqueroso momento en el que no está ni corto, ni largo. No está lo suficientemente corto como para echarme gomina o cualquier cosilla y que me aguante todo el sarao, ni lo bastante largo para hacerme un recogido "eshpectaculá".

La estilista (perdón, asesora de imagen), me dice:
-Bueno... Pues, ¿te parece que le demos un poco de movimiento?
Y una, que no tiene personalidad para según qué cosas, va y contesta:
-Vale.
Consejo: no deis nunca la razón a tontas y a locas. Sobre todo, si se la dais a alguien de quien depende vuestro aspecto físico en un evento semejante. Para colmo no veo un pijo sin las gafas y no me las puedo poner hasta el final, lo que en estos casos, es muy, muy peligroso.
Cuando me pongo las gafas, me veo, más o menos, así:

Sólo que con más volumen todavía por arriba y con las puntas del todo hacia fuera. Y lo mío no se arreglaba con un meneíllo del bigotillo. Lo peor fue que cuando me volví a mi derecha para ver a mi cuñada, que estaba en la otra punta de la peluquería, justo a mi lado había una señora de unos 60 años...¡con mi mismo peinado! Casi lloro. En serio. Me levanté , pagué el "trabajito" y le dije a mi cuñada: "Te espero en el Corte Inglés", que estaba justo enfrente. Desesperada, me fui a la peluquería del Corte Inglés, pero me daban cita para cerca de las dos y yo tenía mucha prisa. Así que decidí que ya me haría yo lo que me diera la gana en casa y que tocaba comprarme algunas pinturillas.

Estando en esas, buscando una buena base de maquillaje, una chica muy amable del stand de Bobbi Brown (perdón por la cuña publicitaria, pero está totalmente justificada como veréis) me dijo que ellos tenían una base buenísima y, que si quería, la podía probar. La chica me echó base solo en una mitad de la cara y la verdad es que se notaba la diferencia. El caso es que yo, que siempre me he reído un poco (bueno, mucho) para mis adentros de todos los que se sientan allí delante de todo quisque a maquillarse, estaba allí, en la sillita, un sábado por la mañana con el Corte Inglés a tope. Pero es que la desesperación es mu mala. Y yo estaba muy desesperada.

En esto que me llama mi cuñada, que había salido de la pelu.

-Niña, vente a la sección del maquillaje, que estoy aquí.

La dependienta me mira y me dice:

-¿Tú tienes una fiesta o algo hoy?

-Sí- no me atreví a preguntarle cómo se había dado cuenta. Era evidente que el peinado en plan escupidera invertida que llevaba en la cabeza le había dado alguna pista.

-Si quieres, te maquillo.

Cuatro palabras que me sonaron a gloria bendita. Porque como una se pinta tres veces al año, tampoco es que tenga mucha práctica y para estas cosas, es necesaria.

Total, que cuando quise darme cuenta, estaba allí siendo maquillada delante de un montón de desconocidos. Y de mi cuñada, que me conoce, sabe cómo soy y por eso mismo estaba medio desconojada de la risa. Pero salieron dos cosas buenas de todo esto:

1.Le hice una buena compra a Belén (que así se llamaba mi salvadora).

2.Fui monísima de la muerte al bodorrio.

miércoles, 25 de julio de 2007

Sueños de un conductor (II)

Si es que lo sabía... Qué torpe soy, leches. Anda, leed primero la que está justo debajo de esta.




Me toca hablar ahora de mis exámenes de conducir.

El primero me fue estupendo hasta que me dijo el señor: "Gire usted a la izquierda". Y yo, toda ufana, me fui al carril de la izquierda para hacer mejor el giro. "Pare". Yo, obediente, me paro.
-¿Qué pasa?-pregunto.
-¿No ve nada raro, señorita?

Me cago en la asquerosa costumbre que tienen algunos de contestarte una pregunta con otra pregunta. Y más en esas circunstancias. ¿Pero cómo quiere usted, señor examinador, que vea nada si estoy atacá de los nervios? Porque,¿qué contestas a eso? Analicemos la situación: es más que evidente que las has cagado en algo, con lo cual, ya has quedado como una imbécil. Pero es que si contestas y tampoco es la respuesta correcta, sales de la categoría de "imbécil" para entrar en la de "jilipollas". Y de ahí no se sale tan fácilmente, no...

Total, que no contesté.
-La señal, mujer, la señal.

Miro la señal. Metálica, cuadrada, gris. Sigo sin caer.
-¡Que está al revés, chiquilla! ¡Que te has metido en dirección contraria!

¡Aaaaaaaaahhhhhhhh! Por eso era gris. He de decir, en mi defensa, que no suelo tener estos momentos-cuajo (o Kodak, ¿no Mrs G?) muy a menudo, pero resulta que me vienen así, cuando menos me los espero. Y cuando más inoportunos resultan.

Segundo examen: el curso terminando y yo, a punto de venirme a Sevilla. Tras suplicar a mi profe que me diera una oportunidad más para examinarme, finalmente, me dice: "Nena (no lo soporto), vente el miércoles". Me presento el miércoles y veo que soy la única que se examina. Le pregunto a mi profe el porqué.

-Pues verás, nena (¡aaaarrggghh!), he hablado con un examinador que es amigo mío y le he explicado tu situación y como un favor personal, como un favor personal, ¿eh? (ahí, remarcándolo) me ha dicho que se iba a levantar antes hoy y te iba a examinar. Pero esto es algo que no ha hecho nunca, que le cuesta un esfuerzo y que lo ha hecho por mí. Así que, ya sabes.

Y se quedó tan pancha, la tía.

Vamos a ver: ¿cómo se le puede decir eso a alguien que está a punto de examinarse? ¿Cómo? ¿Cómo? Porque eso, traducido a román paladino viene a ser algo así: "Hoy, como un favor personal, he conseguido que venga a examinarte un tío medio somnoliento y cabreado que estará deseando suspenderte para volver a su piltra calentita". ¡Tócatelos!

Bueno, pues tras el discursito, hete tú aquí, que mi pierna izquierda cobró vida. Así, de repente. Solo que en vez de cobrar vida en plan "levántate y anda" fue más bien "arrúgate y tiembla". No podía controlarla. Temblaba cuando vi llegar al examinador, temblaba cuando arranqué, temblaba cuando me dijo que hiciera un cambio de sentido y cambié de dirección y cuando me dijo que aparcara y me tragué el bordillo como tres veces. La profesora me miraba alucinada, pero daba igual. Fue un desastre, porque a ver cómo conduces sin poder controlar el embrague. Humillante, de verdad.

Y con mi autoestima en los bordillos de Granada y en el embrague de aquel coche, me vine para Sevilla.

Tercer examen: mi profe (al final di con el Obi Wan que necesitaba) nos deja para el final a una compañera y a mí. Cuando vuelven los otros cuatro que se examinaban ese día, vemos que el examinador se los ha cargado a todos. Qué bien. Qué alegría, qué alborozo, otro suspenso a la vista.

Me monto en el coche esperando encontrarme al mayor cabrón del mundo mundial y me encuentro a un hombre que es todo comprensión y ternura (cosa que me mosqueó bastante) y que dedica cinco minutos a tranquilizarme y a fomentar mi autoestima. "Haz lo que sabes hacer. No te preocupes. Es normal que te confundas con las marchas. No pasa nada si, de pronto, vas a meter segunda y metes cuarta...".

"Este tío me ha visto cara de subnormal" pensé. "¿Quién va a ser tan torpe como para meter cuarta en vez de segunda?". Sí, sí...Tres veces, tres, metí cuarta en vez de segunda. ¡Si es que hay cosas que no hay que mentar, hombre! No me había pasado nunca, jamás, y de pronto, la segunda marcha había desaparecido y yo, venga a meter cuartas. Me quería morir. Para colmo, me dice que aparque en un pedazo de avenida y yo, venga a dejar pasar huecos. El hombre, viendo que la avenida se acababa y yo no me decidía, me señaló amablemente (en plan voz del GPS) que la avenida estaba próxima a expirar y yo seguía en plan tó tieso. "Es que todos los sitios me parecen pequeños". Y ante el mohín que le vi hacer por el retrovisor, me animé (total, ¿qué tenía que perder?). "Y que conste que no es por no aparcar, de verdad, porque se me da muy bien, ¿a que sí?".

Ricardo, mi profe, me miraba como diciendo "Y esta, ¿qué se ha fumao hoy?". Pero funcionó, porque logré arrancarle una sonrisa al examinador. Y mira tú por dónde, mientras yo me recreaba en la sonrisa del hombre del cual dependía mi futuro, un paso de cebra (que no veo) y dos viejas que cruzan a las que alcanzo a ver por el rabillo del ojo (del mío, que las señoras no llevaban). ¿Resultado? Frenazo.

"Pare usted a la derecha, por favor".

Paro. Espero el hachazo en la espalda.

"Espero no tener que arrepentirme de haberla aprobado".

¿?

Sueños de un conductor

Mi amiga Unaexcusa ha publicado en su blog el triste suceso de cómo la ha cagado en su examen práctico de conducir. De pronto, me he visto sufriendo, en Graná, casi cuatro años atrás. Y un sentimiento de solidaridad me ha embargado y... Aquí está mi historia.



Como ya sabéis (y si no, pues lo cuento otra vez) me dieron mi primer destino en Granada. Todo precioso, todo perfecto, tren parriba y tren pabajo hasta que se me iluminó la bombillita y decidí que era hora de sacarme el carné. Total, que me busqué una autoescuela. Y como una es muy floja, muy floja, no miré mucho y me fui a la que tenía al ladito de casa. ¿Pa qué, Dios mío? ¿Pa qué? ¿En qué malísima hora se me ocurrió a mí? Desde el primer día, supe que no me iba a llevar bien con la mujer que me daba las clases. Era la mar de campechana, vamos, de estas que enseguida te tratan como si fueras su prima hermana. Y a mí (que soy muy petarda así, de primeras), eso me molesta. El teórico lo saqué sin problemas, pero el práctico, señores... Lo del práctico fue otra cosa.



Resumo mis 57 clases (sí, sí, 57, cinco, siete) con dos palabras: una tortura. Y vosotros diréis, con toda razón, que qué torpe. Pues sí, lo soy. Odiaba conducir y me daba miedo. No, pavor. Y encima me llevaba la señora (mi profesora) en los meses primaverales (incluyendo junio) a las 4 de la tarde, con un solano de morirse y con el Clio sin aire. "Con lo que entra por la ventana nos apañamos, ¿a que sí?". Pues no, hija, pues no. Porque al calor que desprendía la Plaza del Triunfo (que era donde cogía el coche) había que sumar el calorcito que desprendía el asiento del vehículo (ella venía conduciendo desde un pueblo cercano cuyo nombre no recuerdo) y los efluvios sudorosos que emanaban de mi cuerpecillo serrano cada vez que me ponía al volante.


Y esas calles... Que muy bonitas y muy poéticas para pasear, para Lorca... Pero joder, qué malas son para conducir. A mi angustia vital, se sumaba la escasa guía espiritual que me proporcionaba mi profe. Yo necesitaba una luz, un maestro que resolviera mis dudas de joven padawan de la conducción. Pero noooo... Yo necesitaba a Obi-Wan y di con La Veneno. Ella, ante cualquier duda, me respondía siempre (y cuando digo siempre, es SIEMPRE): "Siente la circulación, chiquilla, siéntela" y hacía aspavientos en el coche, meneando sus manos como Lola Flores. Y yo, lo único que sentía era no tener una pistola a mano para acabar con mi sufrimiento... Es decir, con ella.


Como muestra, un botón. Un día íbamos por una calle casi vacía (¿quién sale a las 4 con el calor?). A lo lejos, un señor con bolsas. Bueno, pues dio la puñetera casualidad de que era un amigo suyo. Había que verla sacar medio cuerpo fuera de la ventanilla y llamar a grito pelado al señor. Para colmo, semáforo que se pone en rojo. Y allí estaban los dos, pegándose voces. Que yo me preguntaba por qué el señor no se acercaba con sus bolsas al coche y dejaban de gritar los dos. Semáforo que se pone en verde. Tímidamente, empiezo a acelerar. El señor empieza a apretar el paso y siguen hablando. Como no me dice nada, yo, sigo acelerando. Y ahí lo teníamos: escena de estación de tren. El señor medio corriendo con las bolsas (estaba mayor y no daba para mucho, el pobre) y mi profe, con el cuerpo entero ya fuera del coche, mandando recuerdos para la señora del señor.

¿Cómo iba a aprender nada así? Si me daba más miedo ella que el coche...

Bueno, si os quedan ganas de seguir leyendo, en el siguiente post hablo de los exámenes (a estas alturas es evidente que fueron varios, ¿no?)prácticos. Que luego digo que no me gustan los posts largos. Si es que no se puede hablar...

domingo, 10 de junio de 2007

No sin mi niño

Leyendo el blog de Unaexcusa he recordado un episodio de lo más surrealista que he vivido en mis escasos cinco años como docente.

Me ocurrió en mi primer destino-sustitución, en Granada. Estábamos ya en el mes de junio y un grupo de alumnos de primero de Bachillerato (equivalente a nuestro antiguo 3º de BUP) estaba haciendo uno de los exámenes finales de Literatura. Llevaba todo el año avisándoles del peligro de hacerse chuletas. Una es realista y sabe que ellos las van a hacer, porque es su misión intentarlo; la mía es pillarlos. Aunque he de reconocer que soy pésima en la tarea. Pero es que hay veces en que te lo ponen a huevo.


Se acerca un alumno que no había aprobado ni el recreo en todo el curso a preguntarme una duda. Me enseña el examen y veo, en su mano izquierda (con la que sostenía el examen) unas letras pintadas (¡hay que ser simple!). Le pido amablemente que me enseñe la mano, y cuando veo los nombres de tres autores y tres obras del Siglo de Oro escritos, le quito automáticamente el examen y le pido que siente y se dé por suspendido.

Al día siguiente, en un cambio de clase, viene a buscarme la Jefa de Estudios diciéndome que vaya urgentemente a su despacho. Me imaginé que sería algo relacionado con la profesora a la que yo estaba sustituyendo. Pero cuando me veía a mí misma preparando de nuevo las maletas y esperando que me llamasen de otro centro situado a tomar por saco de mi casa, abro la puerta del despacho y me encuentro a una señora de unos 50 años y a una chica de 20 sentadas frente a la Jefa y con cara de muy pocos amigos.

La señora me mira de arriba abajo y le espeta a la Jefa:
-¿Es ésta?

-Sí, esta es la profesora de Lengua de Jonathan (apunto: no le pongáis este nombre jamás a un hijo vuestro; lo marca de por vida).

Me presento, les doy los buenos días. La señora saca un paquete de Kleenex del bolso y empieza a llorar, entre convulsiones e intenta decirme algo que, entre los sollozos, no entiendo. La hija (hermana de mi alumno) traducía:

-A ver, mi hermano llegó a ayer a casa hecho una furia. Yo no sé si usted lo sabe, pero tiene un desequilibrio psicológico (sollozos y palabras ininteligibles de la madre). Sí, mama, ya voy. Es de familia, mi madre también está muy delicada de los nervios (más sollozos maternos). El caso es que se puso a darle patadas a las puertas y tiró todo lo que había encima del mueble del salón. Cuando logramos calmarlo, nos dijo que usted lo había suspendido sin darle oportunidad de explicarse.

-Bueno, la profesora hizo lo que tenía que hacer -intervino mi Jefa, apoyándome (cosa bastante extraña, no en ella, sino en algunos directivos).

Yo intenté decir algo:

-No sé si Jonathan les ha dicho el motivo de que le quitara el examen. Verán, es que vino a hacerme una pregunta y tenía...

-Una chuleta en la mano- concluyó la madre que había recuperado milagrosamente la capacidad de vocalizar.

-Sí-respondí desconcertada. Si la madre sabía que tenía una chuleta, ¿cómo podía venir a montar semejante espectáculo al centro?

-No, si yo eso lo sé, porque mire si mi Jonathan tendrá poca maldad, el chiquillo, que me la enseñó y todo. Y ahora le voy a preguntar algo. ¿Sabe usted lo que tenía apuntado en la chuleta?

-Sí.

-A ver, ¿me lo dice?

Extrañada, empiezo a enumerar los autores y las obras que "el niño sin maldad" tenía apuntados en la mano. Mientras hago esto, veo que la señora echa mano del bolso y saca una libretita roja que mira mientras termino de reproducir de memoria la chuleta.

-Efectivamente. Eso es lo que ponía.

En ese momento, mi mente dejó de habitar las coordenadas espacio-temporales de los mortales. Estaba intentando asimilar el hecho de que esa señora hubiese apuntado en una libretita lo que su hijo llevaba copiado en la mano. La cara de estupefacción de la Jefa tampoco tenía desperdicio y eso que ella estaba muchísimo más curtida que yo en esas lides.

Pero lo mejor estaba por llegar.

-A ver-continúa la madre- ¿usted le preguntó alguna de estas tres cosas en el examen?

-No-contesté.

-¡Pues entonces! ¡A ver dónde está el problema! Porque el chiquillo sí es cierto que se hizo la chuleta, pero no le valió de nada, porque usted no le preguntó por nada de lo que llevaba apuntado ...

Yo, ahí, me perdí. Intentaba seguir el razonamiento de la señora, según el cual, aunque el niño llevaba una chuleta escrita, como había apuntado cosas por las que no le había preguntado en el examen, yo no tenía derecho a castigarlo, aunque lo hubiese pillado.

De fondo, oía a la señora hecha un basilisco diciendo que yo lo que quería era "hacer daño" a su hijo, que no entendía "cómo se le podía destrozar así la vida a alguien" y que había sido "muy mala" con su retoño. Que lo que tenía que haber hecho cuando le pesqué, era haberle dejado que se fuera al lavabo a lavarse las manos. Y que claro, como yo no tenía hijos era una especie de desalmada. Como si el parir a semejante elemento fuese un mérito o la hiciera mejor persona que yo.

Como la cosa iba subiendo de tono, la Jefa "invitó" a la madre y a la hija a que se fueran del despacho. Y allí que se fueron las dos echándome unas miradas que no olvidaré, la verdad.

Para que luego digan...

sábado, 26 de mayo de 2007

De "potorros" y "partimientos"

"-¡Niña, que dejes ya de darle al porro y entres en clase, que está aquí la maestra!
-¿El porro? ¿El porro? ¡Pues cómeme el potorro!
-¡ Vete a comerle el potorro a una negra!
-¿Yo? A mí no me gustan los potorros...
-¡Anda que no! Si lo sabe tó el pueblo...."

Y así hasta el infinito...Y más allá.

(Diario de clase. Un día cualquiera. Más bien todos).


La de cosas interesantes que estoy aprendiendo este año.

Una de las experiencias más interesantes que he tenido fue una charla con una alumna de mi grupo de pandoros. Digamos que se llama Elena (que no) y que decidió quedarse un día charlando conmigo en clase mientras el resto de sus compañeros jugaba en el polideportivo durante la clase de Educación Física (Gimnasia en mis tiempos, pero bueno, la gente está muy susceptible con estas cosas hoy en día).

El caso es que estábamos hablando. En realidad, era ella la que me estaba contando toda su vida, que, francamente, no tenía desperdicio por lo truculenta que era. A veces te preguntas cómo le pueden pasar tantas cosas y tan malas a alguien con 15 años. De repente, empieza a hablarme de que tiene novio, que se llama (inserten ustedes aquí cualquier nombre de varón perteneciente al Antiguo Testamento, que valdrá). Ella lleva un año y pico saliendo y enfadándose y volviendo a salir con él. Una semana han cortado y a la siguiente, está bordando sus iniciales en un paño en el que pone en práctica su destreza con el punto de cruz, que también he tenido que dar un par de clases de eso. Vamos, mis niñas (sí, sí, las de los potorros), con agujas. Qué valor.

Me voy por las ramas. Al grano.

Elena me dice:
-Pues yo hace ya un año que estoy partía, maestra.
(Cara de no entender nada).
-Sí, que el (nombre bíblico) me partió hace un año. Yo ya se lo comenté a mi madre, y ella me dijo que yo hiciera lo que quisiera, pero que tuviera en cuenta que, el chaval que me partiera, con ese, me tenía que quedar ya para siempre. Así que estoy haciendo el ajuar.

No me costó mucho deducir el significado de "partir".

Lo que sí me costó fue entender el resto.

miércoles, 23 de mayo de 2007

Yo no soy la Pfeiffer


"-Pues mi madre, con 28 años, ya nos tenía a los cuatro.
-Claro. Es que tu madre se hartaba de follar."

(Diario de clase, a 21 de mayo de 2007)


Hace un par de posts, hablé de mis "pandoros". Y Unaexcusa me preguntó quiénes eran. Entonces le di una contestación más bien breve, en los comentarios. Ahora que ya veo la luz al final del túnel, creo que estoy lista para hablar de ellos con algo más de perspectiva.
Los "pandoros" son un grupo de veinte chicos (bueno, ya quedan 15) que, prácticamente, estaban desahuciados del sistema educativo. No voy a emplear sus nombres verdaderos porque son menores y porque nunca se sabe quién puede leer esto.

El caso es que, llena de buenas intenciones, comencé el curso preparada para emplear nuevas estrategias pedagógicas (de las que no soy nada partidaria, que conste). Y lo que me encontré fue lo siguiente: un grupo de veinte salvajes que se dedicó a insultarme durante toda la hora, a gritar, a salir y entrar de la clase cuando ellos querían, subirse a las mesas, pegarse entre ellos... En fin, todo lo que pueda decir aquí se queda corto, de verdad. Salí hecha polvo, pero eso no fue nada. Lo bueno empezó cuando vi que pasaban los días y la cosa no mejoraba ni un ápice.
Cuando fui a exponer mis problemas a algunos de mis compañeros, tuve que aguantar comentarios del tipo: "Es que claro, al ser mujer y con tu aspecto..., claro, te han tomado por sopa" (orientadora del centro dixit. ¡Tócatelos!).

Aclaro: tengo 31 años, soy rubia y un retaquito de 1,50 m. Sé que no aparento la edad que tengo (aunque ya empiezan a llamarme "señora"), ni impongo ningún tipo de respeto o autoridad a simple vista. Pero vamos, que un compañero te salga con esas... Tiene guasa.

Ese día salí hecha polvo de la reunión. Estoy acostumbrada a que los alumnos, dentro de sus capacidades, me puteen. Es lógico, ellos son ellos y tú vas allí a intentar que piensen y se esfuercen y claro, eso no les gusta. A eso me he acostumbrado y nada de lo que puedan hacer o decir me afecta (y tienen mucha inventiva, creedme). Pero que tus mismos compañeros te claven el cuchillo, duele.
Por suerte, también tuve gente que me apoyó: mis compis de coche, Isabel (tutora de los angelitos) y Javier (que también los sufre 8 horas a la semana, como yo).
El grupito está formado por niños con problemas de abusos, de malas relaciones con los padres, muy baja autoestima... Vamos, como suele decir uno de mis compis, en plan "Mentes Peligrosas". Pero yo estoy a años-luz de ser la Pfeiffer y esa peli está a siglos-luz de reflejar nada mínimamente real.

Uno de mis alumnos (El Pati) tenía la costumbre de tirar las sillas, la mesa, o lo que se terciase a sus compañeros. Era así: alguien le decía algo y él perdía la noción de la realidad. Se levantaba, cogía algo y lo tiraba. Sin mirar qué ni a quién. Luego se iba por la puerta dando una patada y cagándose en la madre que parió a todo el mundo.

Pero hace dos días ocurrió lo siguiente: comentando las edades que tenían los padres de cada uno de ellos, una de las alumnas (tienen entre 15 y 17 años) dijo que su padre tenía 50 años. Se extrañaron todos y este alumno, "El Pati", dijo: "Pues mi madre, con 28 años, ya nos tenía a los cuatro". Respuesta de otro de mis pandoros, con muy mala leche: "Claro, es que tu madre se hartaba de follar". Yo pensé: "Ya está. Hoy es el día en el que El Pati le abre la cabeza a alguien con el portátil. Y en mi clase (suena egoísta, pero soy así)". Pero hete tú aquí, que el chaval se vuelve y le dice: "Quillo, cabrón. Como te vuelvas a meter con mi madre, te parto la cara". Y sigue trabajando.

Para que luego digan que los milagros no existen.

Eso sí, mucha valoración de los comportamientos actitudinales (sin duda es un avance que yo haya llegado viva a estas alturas de curso y sin darme de baja por depresión), pero de Lengua, nada.

Ayyyyyy...

viernes, 16 de febrero de 2007

Un rayo de esperanza


El otro día, por San Valentín, se me ocurrió hacer un cuadernillo con poemas de amor contemporáneos y dárselo a mis alumnos de primero de la E.S.O. para leerlo en clase. Les pregunté unos días antes qué les parecía la idea (no iba a tirarme a la piscina sin saber si tenía agua) y me dijeron que bien, aunque no con demasiado convencimiento. Les pedí que trajeran poemas de amor de su casa. Subrayé lo de "de amor" y "de autores conocidos" porque no quería que salieran a la pizarra a leer perlas del tipo "te conocí a las cinco/ y por el culo te la hinco" (con h aspirada, por supuesto). Así que, con algo de miedo en el cuerpo, los emplacé a que me trajeran poemas de su casa para el día siguiente.


Y cuál no sería mi sorpresa al llegar el 14-F y descubrir, emocionada, que no sólo (pongo la tilde porque me da la gana, la echo de menos) habían traído poemas de Alberti y Bécquer, sino que algunos se habían animado y habían compuesto sus primeros versos. Participaron, leímos poemas, discutimos su significado y, cosa asombrosa, la mayoría de los que salieron a la pizarra a leer, fueron chicos. La verdad es que no me lo podía creer. De hecho, tengo pendiente con ellos otra sesión de poesía, porque les encantó.


Y es que de vez en cuando una tiene uno de esos días en los que merece la pena dedicarse a esto de domar fieras.


Menos mal.