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domingo, 4 de mayo de 2008

Arte conceptual

A pesar de lo que Juan Sánchez, “pintor y artista conceptual”, había pensado al principio, aquella señora no había venido a hacerle el amor. Aunque se encontraba completamente desnuda, la distancia a la que se mantenía y su actitud sumamente afectada le dejaban bien claro su propósito.

-Quiero que me pinte usted.

-¿Cómo?

-Que me haga usted un retrato, vamos.

Ahora se explicaba la secuencia de los hechos: la intrusión repentina, la irrupción en su estudio y el strip-tease menos erótico y sugerente al que había asistido en la vida. Porque en aquella señora todo era evidente, rotundo. Como muestra, no había más que mirar la ropa esparcida por el suelo: un vestido amorfo y marrón, un sostén que podía servir de carpa a un circo y una braga-faja que podía emplearse como cama elástica para tres generaciones enteras de acróbatas rusos. Saltando todos a la vez, por supuesto.

“¡Otra que ha visto demasiadas veces Titanic! ¡Cuánto daño nos ha hecho esa película a los pintores de categoría!”. Y era cierto. Desde el estreno de la película, no transcurría un mes sin que pasaran tres o cuatro mujeres por el estudio dispuestas a que las retratase desnudas. Pero claro, las señoras que se plantaban en su casa distaban mucho de ser Kate Winslet. Esta, sin ir más lejos, en vez de tener un pedrusco colgado al cuello, tenía metros y metros de pellejo. Juan no pudo evitar recordar el momento de la matanza en su pueblo. “¡La de kilos de embutido que podrían despacharse con esa papada!”.

-Pagaré lo que sea. ¿Me pongo aquí?

A Juan no le quedaron ganas ni fuerzas para explicarle a la señora que debería haber pedido cita, que no podía atenderla en ese momento. Pero no lo hizo. Más que nada, porque lo único que deseaba era que “aquello” saliera cuanto antes de su estudio, de su casa, de su vida.

Así que cogió su lienzo y sus útiles y se dispuso a retratar a la señora.

-A ver, ¿le importa subir un poco más la cabeza? Póngase así… Levante el brazo por detrás de la cabeza (como si eso fuese a arreglar algo). Así, muy bien. No se mueva.

Pasaron tres horas de indicaciones y poses antes de que Juan dijese:

-Ya está.

La señora, impaciente, se abalanzó sobre el lienzo, deseosa de ver su retrato.

Y lo que vio fue esto:


Fue tanta la indignación que sintió que se quedó allí, inconsciente, desparramando su humanidad sobre el frío parqué.

Juan Sánchez, pintor y artista conceptual, sintió que su arte no había sido comprendido. Una vez más. Y lo que era peor: no sabía qué hacer con la gorda que yacía en el suelo de su estudio.


Foto

domingo, 10 de junio de 2007

No sin mi niño

Leyendo el blog de Unaexcusa he recordado un episodio de lo más surrealista que he vivido en mis escasos cinco años como docente.

Me ocurrió en mi primer destino-sustitución, en Granada. Estábamos ya en el mes de junio y un grupo de alumnos de primero de Bachillerato (equivalente a nuestro antiguo 3º de BUP) estaba haciendo uno de los exámenes finales de Literatura. Llevaba todo el año avisándoles del peligro de hacerse chuletas. Una es realista y sabe que ellos las van a hacer, porque es su misión intentarlo; la mía es pillarlos. Aunque he de reconocer que soy pésima en la tarea. Pero es que hay veces en que te lo ponen a huevo.


Se acerca un alumno que no había aprobado ni el recreo en todo el curso a preguntarme una duda. Me enseña el examen y veo, en su mano izquierda (con la que sostenía el examen) unas letras pintadas (¡hay que ser simple!). Le pido amablemente que me enseñe la mano, y cuando veo los nombres de tres autores y tres obras del Siglo de Oro escritos, le quito automáticamente el examen y le pido que siente y se dé por suspendido.

Al día siguiente, en un cambio de clase, viene a buscarme la Jefa de Estudios diciéndome que vaya urgentemente a su despacho. Me imaginé que sería algo relacionado con la profesora a la que yo estaba sustituyendo. Pero cuando me veía a mí misma preparando de nuevo las maletas y esperando que me llamasen de otro centro situado a tomar por saco de mi casa, abro la puerta del despacho y me encuentro a una señora de unos 50 años y a una chica de 20 sentadas frente a la Jefa y con cara de muy pocos amigos.

La señora me mira de arriba abajo y le espeta a la Jefa:
-¿Es ésta?

-Sí, esta es la profesora de Lengua de Jonathan (apunto: no le pongáis este nombre jamás a un hijo vuestro; lo marca de por vida).

Me presento, les doy los buenos días. La señora saca un paquete de Kleenex del bolso y empieza a llorar, entre convulsiones e intenta decirme algo que, entre los sollozos, no entiendo. La hija (hermana de mi alumno) traducía:

-A ver, mi hermano llegó a ayer a casa hecho una furia. Yo no sé si usted lo sabe, pero tiene un desequilibrio psicológico (sollozos y palabras ininteligibles de la madre). Sí, mama, ya voy. Es de familia, mi madre también está muy delicada de los nervios (más sollozos maternos). El caso es que se puso a darle patadas a las puertas y tiró todo lo que había encima del mueble del salón. Cuando logramos calmarlo, nos dijo que usted lo había suspendido sin darle oportunidad de explicarse.

-Bueno, la profesora hizo lo que tenía que hacer -intervino mi Jefa, apoyándome (cosa bastante extraña, no en ella, sino en algunos directivos).

Yo intenté decir algo:

-No sé si Jonathan les ha dicho el motivo de que le quitara el examen. Verán, es que vino a hacerme una pregunta y tenía...

-Una chuleta en la mano- concluyó la madre que había recuperado milagrosamente la capacidad de vocalizar.

-Sí-respondí desconcertada. Si la madre sabía que tenía una chuleta, ¿cómo podía venir a montar semejante espectáculo al centro?

-No, si yo eso lo sé, porque mire si mi Jonathan tendrá poca maldad, el chiquillo, que me la enseñó y todo. Y ahora le voy a preguntar algo. ¿Sabe usted lo que tenía apuntado en la chuleta?

-Sí.

-A ver, ¿me lo dice?

Extrañada, empiezo a enumerar los autores y las obras que "el niño sin maldad" tenía apuntados en la mano. Mientras hago esto, veo que la señora echa mano del bolso y saca una libretita roja que mira mientras termino de reproducir de memoria la chuleta.

-Efectivamente. Eso es lo que ponía.

En ese momento, mi mente dejó de habitar las coordenadas espacio-temporales de los mortales. Estaba intentando asimilar el hecho de que esa señora hubiese apuntado en una libretita lo que su hijo llevaba copiado en la mano. La cara de estupefacción de la Jefa tampoco tenía desperdicio y eso que ella estaba muchísimo más curtida que yo en esas lides.

Pero lo mejor estaba por llegar.

-A ver-continúa la madre- ¿usted le preguntó alguna de estas tres cosas en el examen?

-No-contesté.

-¡Pues entonces! ¡A ver dónde está el problema! Porque el chiquillo sí es cierto que se hizo la chuleta, pero no le valió de nada, porque usted no le preguntó por nada de lo que llevaba apuntado ...

Yo, ahí, me perdí. Intentaba seguir el razonamiento de la señora, según el cual, aunque el niño llevaba una chuleta escrita, como había apuntado cosas por las que no le había preguntado en el examen, yo no tenía derecho a castigarlo, aunque lo hubiese pillado.

De fondo, oía a la señora hecha un basilisco diciendo que yo lo que quería era "hacer daño" a su hijo, que no entendía "cómo se le podía destrozar así la vida a alguien" y que había sido "muy mala" con su retoño. Que lo que tenía que haber hecho cuando le pesqué, era haberle dejado que se fuera al lavabo a lavarse las manos. Y que claro, como yo no tenía hijos era una especie de desalmada. Como si el parir a semejante elemento fuese un mérito o la hiciera mejor persona que yo.

Como la cosa iba subiendo de tono, la Jefa "invitó" a la madre y a la hija a que se fueran del despacho. Y allí que se fueron las dos echándome unas miradas que no olvidaré, la verdad.

Para que luego digan...

sábado, 26 de mayo de 2007

De "potorros" y "partimientos"

"-¡Niña, que dejes ya de darle al porro y entres en clase, que está aquí la maestra!
-¿El porro? ¿El porro? ¡Pues cómeme el potorro!
-¡ Vete a comerle el potorro a una negra!
-¿Yo? A mí no me gustan los potorros...
-¡Anda que no! Si lo sabe tó el pueblo...."

Y así hasta el infinito...Y más allá.

(Diario de clase. Un día cualquiera. Más bien todos).


La de cosas interesantes que estoy aprendiendo este año.

Una de las experiencias más interesantes que he tenido fue una charla con una alumna de mi grupo de pandoros. Digamos que se llama Elena (que no) y que decidió quedarse un día charlando conmigo en clase mientras el resto de sus compañeros jugaba en el polideportivo durante la clase de Educación Física (Gimnasia en mis tiempos, pero bueno, la gente está muy susceptible con estas cosas hoy en día).

El caso es que estábamos hablando. En realidad, era ella la que me estaba contando toda su vida, que, francamente, no tenía desperdicio por lo truculenta que era. A veces te preguntas cómo le pueden pasar tantas cosas y tan malas a alguien con 15 años. De repente, empieza a hablarme de que tiene novio, que se llama (inserten ustedes aquí cualquier nombre de varón perteneciente al Antiguo Testamento, que valdrá). Ella lleva un año y pico saliendo y enfadándose y volviendo a salir con él. Una semana han cortado y a la siguiente, está bordando sus iniciales en un paño en el que pone en práctica su destreza con el punto de cruz, que también he tenido que dar un par de clases de eso. Vamos, mis niñas (sí, sí, las de los potorros), con agujas. Qué valor.

Me voy por las ramas. Al grano.

Elena me dice:
-Pues yo hace ya un año que estoy partía, maestra.
(Cara de no entender nada).
-Sí, que el (nombre bíblico) me partió hace un año. Yo ya se lo comenté a mi madre, y ella me dijo que yo hiciera lo que quisiera, pero que tuviera en cuenta que, el chaval que me partiera, con ese, me tenía que quedar ya para siempre. Así que estoy haciendo el ajuar.

No me costó mucho deducir el significado de "partir".

Lo que sí me costó fue entender el resto.

viernes, 16 de febrero de 2007

Un rayo de esperanza


El otro día, por San Valentín, se me ocurrió hacer un cuadernillo con poemas de amor contemporáneos y dárselo a mis alumnos de primero de la E.S.O. para leerlo en clase. Les pregunté unos días antes qué les parecía la idea (no iba a tirarme a la piscina sin saber si tenía agua) y me dijeron que bien, aunque no con demasiado convencimiento. Les pedí que trajeran poemas de amor de su casa. Subrayé lo de "de amor" y "de autores conocidos" porque no quería que salieran a la pizarra a leer perlas del tipo "te conocí a las cinco/ y por el culo te la hinco" (con h aspirada, por supuesto). Así que, con algo de miedo en el cuerpo, los emplacé a que me trajeran poemas de su casa para el día siguiente.


Y cuál no sería mi sorpresa al llegar el 14-F y descubrir, emocionada, que no sólo (pongo la tilde porque me da la gana, la echo de menos) habían traído poemas de Alberti y Bécquer, sino que algunos se habían animado y habían compuesto sus primeros versos. Participaron, leímos poemas, discutimos su significado y, cosa asombrosa, la mayoría de los que salieron a la pizarra a leer, fueron chicos. La verdad es que no me lo podía creer. De hecho, tengo pendiente con ellos otra sesión de poesía, porque les encantó.


Y es que de vez en cuando una tiene uno de esos días en los que merece la pena dedicarse a esto de domar fieras.


Menos mal.