jueves, 3 de diciembre de 2009

De Vodafone a Orange... por diez minutos


Y porque, prácticamente, me han echado. Me explico: solicité la portabilidad a Orange porque me daban gratis un móvil que me gusta mucho. "¡Vaya criterio!", diréis. "Pues sí", digo yo. Una es así. Si soy sincera, esperaba que Vodafone me llamara y me hiciera una contraoferta. Total, que me llaman los de Vodafone, me ofrecen el mismo móvil y un 30% de descuento en la factura durante un año. Quedamos en que debo anular la portabilidad por Internet mediante un código que ellos me mandarían vía SMS.

Pues viendo que habían pasado dos días y el SMS no llegaba, llamo, a eso de las 14.10 horas (lo de la hora es importante, no creáis), a Vodafone. Una señorita me atiende y me dice, como si fuera culpa mía que se me ha pasado el plazo para cancelar la portabilidad y (aquí viene lo bueno) que el plazo había expirado a las 14.00 horas. Perpleja, le vuelvo a explicar que han sido ELLOS los que no me han facilitado el código necesario para cancelar la portabilidad y la señora me vuelve a repetir que, sintiéndolo mucho (por mí, se entiende), el día 7 me dan de alta en Orange.

Como la situación me parece surrealista (¿cómo pueden consentir perder a un cliente por pasarse 10 minutos respecto a un plazo del que ni siquiera se le había informado?), vuelvo a llamar, pero a un número diferente, donde me confirman la férrea política de plazos de Vodafone.

Pues nada, me voy a disfrutar de mi móvil a partir del día 7 y de mi tarifa plana de 18.00 a 08.00 horas. Pero sigo sin entenderlo.

lunes, 26 de octubre de 2009

Cualquier turno pasado...

...fue más seguro. Ya he hablado alguna vez aquí de que trabajo en Huelva y tengo que ir y venir todos los días (lógicamente) desde hace cuatro años. Hasta ahora, había tenido una suerte inmensa con los compañeros del turno de coche. Este año, nos ha quedado una vacante en el turno (ya te vale, Angelus) y ha sido ocupada por una compañera cuyo nombre no desvelaré, pero que ya se ha ganado el mote de Mary Higgins, Merijigins de aquí en adelante, por el higo (pronúnciese con h aspirada) que tiene. Es una bellísima persona, pero cargante como ella sola. Lo peor no es que sea cargante (que eso va en gustos), sino que su pachorra nos va a llevar a todos a la destrucción. Para muestra, un botón:

El otro día nos cayó un buen chaparrón por la autovía. Uno más de tantos. Bueno, pues para empezar, la moza iba tan aterrada que no pasaba de 70 km/h. Y el resto de coches adelantándonos. Uno de mis compañeros se ofreció para conducir, el otro le recordó que existía una cosa llamada 5ª marcha, pero ella, nada, a lo suyo. A ese ritmo, teníamos claro ya que llegábamos tarde, cosa que no ha ocurrido en 4 años de turno, exceptuando la ocasión en la que atropellamos a un perro suicida que se nos atravesó. El caso es que como éramos pocos, parió la abuela y la señora se dio cuenta de que le quedaban "dos rayitas" de gasolina. "¡Huy! Voy a tener que parar..." Y paró.

Lo que pasó en la gasolinera no tiene nombre. Primero, se queda sentada en el coche, esperando que la atiendan. Vale, la mujer no tenía por qué saber que la estación era de autoservicio. Se lo decimos. Reacción: "¡Huy! Pues no me hace gracia..." Sale del coche. Mira a la derecha. Mira a la izquierda y suelta: "Bueno, a ver, ¿qué hago?" ¿Qué haces? ¿Qué haces? Alma de cántaro, ve y pide, llena o lo que sea, pero haz algo, que no llegamos. Le decimos que se acerque al mostrador y diga qué cantidad quiere repostar. Cuando vuelve, coge la manguera y me da un golpecito en el cristal de la ventana, muy preocupada. "Suntzu, vigila el surtidor a ver que no se pase". ¿Que no se pase? ¡Pero si le has dicho que te eche 30 euros! Cuando llegue a los 30, se corta. Se lo explico estupefacta, flipada y fingiendo una normalidad y calma que estoy muy lejos de sentir. Mientras ella echa la gasolina, uno de mis compañeros está a punto de explotar de la ira ante tanto cuajo y el otro se encomienda a todos los santos porque ve que no llegamos.

Merijigins que sube al coche de nuevo. "¡Ay, perdón! Es que en mi pueblo siempre hay un muchacho para echarte la gasolina". A esas alturas, yo misma me hubiese ofrecido a echarle la gasolina, pero por lo alto. Salimos de la gasolinera. Sigue lloviendo a mares. Al cabo de un cuarto de hora, deja de llover, pero se ve que los charcos tampoco son lo suyo y la moza sigue en cuarta. Mi compañero, desesperado, le insiste en que acelere un poco.

Y en estas estamos cuando vemos que la gente que nos adelanta, empieza a pitarnos y a hacernos señales. Comprobamos las puertas. Nada. De repente, Merijigins exclama:

-¡Ay! ¡Que me he dejado abierto el tapón del depósito!

Llevábamos un cuarto de hora circulando con el tapón abierto porque se ve que Merijigins no se había acordado de cerrarlo y por eso nos pitaban. Un compañero le comenta que eso no puede ser muy bueno y que a lo mejor le ha entrado agua en el depósito. Para colmo, el mismo compañero empieza a hacer comentarios del tipo: "¿Os imagináis que alguien tira una colilla y se cuela por el depósito?" A esas alturas, estamos llorando de la risa, de la desesperación y deseando que alguien, efectivamente, tirase una puñetera colilla y acabase con nuestra agonía.

A todo esto, Merijigins, que ve un coche detenido en el arcén, con su triangulito, y no se le ocurre nada mejor que pararse detrás para cerrar el taponcito de las narices, maniobra que no llegó a ejecutar porque el otro compañero le pegó una voz y le dijo, frenético ya:

-¿Dónde vas? ¿Ahí te vas a parar? ¡Anda y tira ya p'alante!

Entramos en el último tramo de carretera antes del pueblo. Parecía imposible ir más despacio, y aun así, Merijigins redujo la velocidad de 70 a 30 km/h para entrar en el pueblo. La pobre debió de percibir la tensión que se palpaba en el coche y no hacía más que disculparse. Al final, llegamos casi 20 minutos tarde entre pitos y flautas. Y no exagero si os digo que el susto no se nos fue en un par de días. A alguno todavía no se le ha pasado el cabreo.

Para morirse. En serio. Yo no he vivido cosa igual en los días de mi vida.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Los primeros frutos del curso

Diario de clase (lo echaba de menos), 30 de septiembre de 2009 y días precedentes.

4º de ESO

Repasando los orígenes de la literatura...

"En los orígenes de la literatura podemos encontrar la épica..."

-¿Eso no es la asignatura que teníamos el año pasado? -me interrumpen. Como siempre.

Yo pienso:"Eso será la Ética". Pero no me da tiempo a contestar.

-¡Anda ya, quillo! La épica es lo de los caballos -le replica otro.

¿Los caballos? No lo pillo. Pienso en el Cid, en las batallas, en Babieca y, de paso, en Charlton Heston, pero no doy con la tecla.

Mientras, el chaval que ha corregido al otro se ve que ha seguido pensando y suelta:

-¡Ah, no! Eso es la hípica, maestra.

¿?


2º de ESO: un doblete.

Un compañero lee en clase un texto teatral en el que dos náufragos se pelean por la foto de una chica en un calendario.

Pregunta: D., ¿qué te ha parecido? ¿Te ha gustado?

Respuesta: ¡Huy! Un montón, maestro. Se me ha puesto dura. (¡Toma criterio!)

Los náufragos se están comiendo, trocito a trocito, el uno al otro; por eso, uno está cojo y otro manco. Pregunta espontánea:

-Maestro, ¿un manco puede hacerse pajas?

martes, 22 de septiembre de 2009

Ya era hora

Llamadme mala persona, escéptica, amargada, sosa, cascarrabias..., lo que queráis. Pero hoy, cuando he leído esto, me he sentido muy feliz.


Llevo algunos meses sufriendo, viendo cómo las barandillas del puente van siendo invadidas por una plaga de candados de parejas que creen sellar así su amor para siempre. Y la llave, al río, como si no tuviera bastante porquería ya en sus aguas. Que me acuerdo del señor Moccia y me pongo mala.

Cosas de la vida: llega un operario del ayuntamiento con un soplete y, el candado, a tomar por saco.

¡Hombreya!

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Gripe Arggggggggggggh

La entrada de hoy iba a versar sobre el reparto de asignaturas en mi Departamento. Pero mi vida se ha visto alterada, como la de tantos otros, por culpa de la gripe A. No, no estoy infectada, aunque traigo una inflamación y ardores testiculares de impresión (y eso que carezco de dichas gónadas). Como sabéis la mayoría, vivo en Sevilla, pero trabajo en un instituto de una localidad cercana a Huelva. Voy y vengo cada día como mucha gente, ojo, que no me estoy haciendo la mártir. Pero es un coñazo, para qué nos vamos a engañar. Y cansa.
Hoy tenía la presentación de mi tutoría a las 10.30 y podría haber vuelto a mi casita una hora después si no fuera porque teníamos a las seis de la tarde una reunión informativa sobre la gripe A. Total, que mato el tiempo como puedo haciendo programaciones y papeleo (que eso nunca falla) y nos quedamos unos cuantos a comer en Huelva. Aparte del dinero que me he tenido que gastar en la comidita (mañana voy al sitio de siempre y arreando, que tienen menú por 7,50 euros) resulta que cuando llegamos al centro, la reunión consiste en que dos señoras muy simpáticas a las que no las culpo de nada porque cumplen con su trabajo vienen con una presentación en Power Point muy coeducativa (con sus "profesores y profesoras" y "alumnos y alumnas") y nos dicen lo siguiente:

-Que debemos extremar las medidas de higiene. Yo no sé qué costumbres higiénicas creen que tenemos, pero vamos, las normales (te lavas las manos de vez en cuando a lo largo de la mañana) bastan.

-Que sería conveniente que limpiásemos las mesas con más frecuencia. Pues señoras, o les suben el sueldo a las limpiadoras o ya me dirán, porque si además de dar clase, pasar lista y domar fieras pretenden que vaya limpiando las mesas, van listas.

-Que nosotros, en realidad, no tenemos que hacer nada, excepto llamar a los padres de los niños que tienen síntomas para que vengan a recogerlos. Que si no vienen, les pasemos a una sala y los vigilemos hasta que los recojan. Ante la pregunta: "¿Cómo podemos distinguir los síntomas de una gripe común y dela gripe A?", la respuesta es: "No se puede. Ustedes lo que tienen que hacer es llamar a los padres y estos, a su vez, a Salud Responde". Que por lo que han comentado algunos compañeros, la tal Salud (así se llama una prima mía) responde según le dé.

Lo que me ha terminado de cabrear ha sido este consejo:

-Que ampliemos la distancia en clase entre alumno y alumno. Como diría mi admirado Luisma: "¡Me parto y me mondo!". Esto no es más que otra de las muchas muestras de desconocimiento general de la VERDADERA situación de la educación en Andalucía. Señores, nos quitan profesores porque dicen que no hay dinero y luego se lo gastan en portátiles, que no hacen NINGUNA falta, pero que quedan infinitamente mejor en un telediario. Eso sí, lo que no cuentan es que luego los alumnos pueden pasar tres y cuatro horas frente a esos carísimos ordenadores sin un profesor que les dé clase, porque para eso, no hay dinero. A lo que iba, que me caliento: que aumentemos el espacio en clase entre alumno y alumno. ¡Por favor! Si tenemos grupos de la ESO con no menos de 30 alumnos por clase (eso es una barbaridad) y los primeros de Bachillerato de mi centro están a 39 y a 36 alumnos. Las tan cacareadas aulas TIC tienen la siguiente disposición: 5 filas de 6 alumnos con un ordenador para cada 2. A ver, hacemos las cuentas: 5 X 6 = 30. ¿Y el resto? Imagináoslo: en mesas anexas, apretujados. Tíos y tías como castillos. En cuestiones pedágogicas y de organización de la clase, prefiero ni entrar. Y vienen estas con semejantes tonterías. Y lo peor es que me hacen quedarme todo el día por ahí para escuchar esta sarta de disparates.

Siento la parrafada, pero es que estoy que reviento. Y ya que no hay huevos de hacer una huelga general (y os aseguro que la cuestión monetaria no sería lo primero en mi lista ni en la de muchos), sólo me queda el derecho al pataleo. Ejercido queda.

lunes, 27 de julio de 2009

A grito pelao

Otra vez están igual. Cada vez que oigo sus voces, me vienen a la memoria otras:
-¡Niñaaaaaaaa! ¡¡¡Sube p' arriba que ya está la merienda!!!
-¡¡¡Andreeeeeeeeés!!! ¡¡¡Me voy a cagar en tu p... madre como no subas ahora mismo!!!
-¡¡¡Mamaaaaaaaaá!!! ¡¡¡Échame cinco duros para chucherías!!!
-¡¡¡Niñaaaaaa!!! ¡Busca a tus hermanos! Y cómprame un paquete de tabaco.
-¡¡¡A cenaaaaaaaaar!!! ¡Como venga tu padre y no estéis cenados..!
-¡¡¡Mamaaaaaaá!!! ¿Me puedo quedar un ratito más?
-¡No! Tira ya pa' casa.

O el protagonista de la banda sonora de mi infancia: el silbido de mi padre. Mientras mi madre y sus vecinas se desgañitaban por el balcón (la mía solo en ocasiones especiales, hay que decirlo, pero la Pili, la madre de mi amigo Andrés, era para oírla), mi padre era mucho más práctico: emitía un silbido breve, pero agudo, de esos que te reventaba el timpanillo y, entre el aturdimiento y la mirada que echaba, bastaba con un simple movimiento de cabeza para que quedases sometida a su voluntad. Yo tenía el convencimiento íntimo de que el silbido de mi padre era emitido en una frecuencia que sólo captábamos nosotros tres.

Hoy, veintitantos años más tarde, lo que entra por mi balcón ahora mismito es (transcripción cutre de oídas):
-¡¡¡Amumbu, kana potitare...!!!-voz femenina a grito pelao. La mujer parece que se ha tragado un subwoofer.
Alguien habla más bajo (el hombre, supongo). Y la otra, que sigue:
-Aneta, muja cue, muja cue. O lo juto juto. Nagasa situa bantano sintoe...
Así, tres o cuatro líneas más.
Y el hombre que vuelve a hablar más bajo. Eso sí, cuando se le oye, se acaba la discusión.
Así, durante hora y media, dos horas, cada vez que discuten. Que es, mínimo, una vez por semana. Resulta desasosegante escuchar semejantes voces discutiendo en un idioma que no conoces y que suena como suena. Parece que los tengo metidos en casa. ¿Eso no se puede considerar contaminación acústica? Aunque me ha venido bien, porque justo estoy leyendo una de piratas, el prota anda por África y casi creo que los indígenas cobraban vida.

Qué exótico es mi barrio. Lo que me divierto (porque no puedo evitar reírme, lo siento). Y cómo echo de menos los gritos de la Pili.
Por cierto, si alguien me puede traducir la transcripción cutre, se lo agradecería. Ya sabéis, mi vena cotilla.